Cine Universidad http://cine.uncuyo.edu.ar/ La Universidad Nacional de Cuyo, a través de la Secretaría de Extensión Universitaria, incluye en la propuesta cultural que ofrecen sus Organismos Artísticos, una sala destinada a la proyección de cine. El Ángel: cuando el misterio lanza su más elegante zarpazo http://cine.uncuyo.edu.ar/el-angel-cuando-el-misterio-lanza-su-mas-elegante-zarpazo Wed, 03 Oct 2018 23:40:20 -0300 http://cine.uncuyo.edu.ar/el-angel-cuando-el-misterio-lanza-su-mas-elegante-zarpazo 2018-10-03 23:40:20 http://cine.uncuyo.edu.ar/cache/el-angel-portada_424_750_c.jpg Artículos articulos

El Ángel: cuando el misterio lanza su más elegante zarpazo

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Laureano Manson Autor

Hay dos caminos posibles para encarar una película biográfica de alguien cuya vida haya tenido trascendencia popular y mediática. Existe la tentación de inclinarse a un registro lo más fiel posible a los episodios retratados, hablamos aquí de biopics tan formales y rígidas, que generalmente derivan en ejercicios fríos y poco inspirados en términos cinematográficos. La otra opción, que generalmente resulta mucho más fascinante, tiene que ver con la apropiación que se permite el director sobre los personajes e historias que aborda.

En este sentido, para los estudiosos y puristas sobre los crímenes de Carlos Robledo Puch, hay que remarcar que Luis Ortega juega claramente con las cartas de un abordaje libre sobre los delitos de unos de los asesinos más legendarios de nuestro país. Y si bien el talentoso guionista y director utilizó como punto de partida el libro El Ángel negro, de Rodolfo Palacios, su película se propone como una experiencia movediza, exenta de la recreación minuciosa de los hechos, y a su vez despojada de una mirada psicologista. Ortega no construye su relato desde el velo del juicio moral, ni mucho menos desde la demonización del protagonista central.

En términos de lenguaje, el film arranca con un subrayado tropiezo del que luego logra salir airoso. Vemos a Carlitos (descollante debut actoral de Lorenzo Ferro), ingresando en una elegante casa, recorriendo como un felino sus rincones, mientras un off suenan frases como: "¿La gente está loca? ¿Nadie considera la posibilidad de ser libre?". El resto de la película prescinde del monólogo interior, por lo tanto ese recurso encarado desde un perfil un tanto televisivo, no termina de encontrar del todo una pertinencia. Pareciera que el director quiere blindar de antemano a su antihéroe, o bien anticiparle al espectador el tono de la historia. Una suerte de tutorial sobre cómo abordar su film. Pocos minutos después, queda en claro que la película tiene espalda de sobra para sostener lo que se ese off anunció explícitamente, y tal vez hubiera sido más climático ver simplemente a Carlos deambulando en ese caserón; hasta elegir un disco y ponerse a bailar con toda soltura en el living.

Esa introducción, que podría ser tomada como una concesión, al igual que el momento en que vemos cómo caen un par de lágrimas de los ojos del protagonista, quedan totalmente superados por el andar de una película que logra sostener cada una de sus opciones narrativas y estéticas con notable solvencia.

El Ángel no transita la fórmula del thriller que se regodea en las instancias de violencia, ni tampoco se instala en la pose cool y canchera de la mencionada primera secuencia. Luis Ortega, que ya había tenido una experiencia en la producción industrial con las series El Marginal e Historia de un clan, hace el mejor salto del cine independiente al mainstream que haya podido lograr cualquier realizador argentino en las últimas décadas, y de paso concibe su película más precisa e inquietante.

Esos son los dos conceptos que motorizan este film con destino masivo: precisión absoluta en su puesta, con una fusión totalmente orgánica entre escenas filmadas con la más depurada elegancia con otras que apuntan a un estilo seco y contundente; que remite a la atmósfera visual de algunas películas del Hollywood crítico de fines de los '60 y comienzos de los '70. Además, el carácter movedizo de El Ángel, esquiva que todo esquema que funcione a la perfección en una secuencia, se repita en versión automatizada en las siguientes. Por ejemplo, cuando Carlitos y su aliado Ramón (afilado Chino Darín) cometen el primer asesinato, víctima y victimarios actúan de una manera desconcertante. Hubiera sido muy sencillo para Ortega, replicar esa dinámica en los restantes asesinatos, pero no. Más allá de que todos conozcamos de antemano el desenlace, la película se propone como una exploración sobre la misteriosa figura de Robledo Puch. Un viaje multidimensional por las entrañas de un delincuente.

Los aportes de humor e ironía están jugados desde un lugar que tiene que ver más con el extrañamiento que con el cinismo. Algunos de estos filosos pasajes encuentran a su perfecta portadora en Mercedes Morán. Cada vez que ella irrumpe en escena, su impronta es capaz de devorar a Lorenzo Ferro, Chino Darín, Daniel Fanego y Peter Lanzani. Más allá de la potencia de Morán, todos están fuertes y convincentes en sus roles, aunque a la madre de Carlitos, interpretada sobriamente por Cecilia Roth, tal vez le falta una vuelta de tuerca narrativa. Que los personajes tengan espesor y no sean meras maquetas, es lo que le permite a Ortega envolvernos en un juego de seducción, que parte de la cautivante mirada con la que sigue los pasos de cada uno de ellos. Se ha hablado mucho sobre el latente homoerotismo entre Carlitos y Ramón, pero lo verdaderamente sustancial es que el vínculo entre ellos atraviesa múltiples desplazamientos, en donde los roles de dominante y sumiso, se permiten giros tan tajantes como rotundos.

El Ángel pudo elegir el camino más sencillo, que hubiera sido el del thriller shockeante y ultra violento. También pudo por sobrecargar las tintas en el contexto histórico en que transcurre la historia, los tenebrosos años de comienzos de los '70 en Argentina. Sin embargo, la película tiene una fuerte conexión con premisas existenciales del presente. No se trata de un relato generacional, más allá de que su personaje central sea una adolescente. Luis Ortega nos habla sobre la imperante urgencia de vivir el momento, pero también sobre un entramado vincular con el que hoy se puede manejar tanto un chico de 20 años como una persona mayor. Nos acompañamos como podemos, nos usamos, nos explotamos y nos descartamos; todo sin culpa ni sentencia moral alguna.

El mayor potencial de este auspicioso salto de Luis Ortega, de películas independientes de acotada difusión como Caja negra y Lulú, a este estreno que llegó a cientos de salas del país; consiste en el aprovechamiento máximo de cada puerta y cada movimiento que propone en El Ángel. Otros directores contemporáneos como Santiago Mitre, quien también tiene sus orígenes en el cine indie, transitó de inquietantes propuestas iniciales como El estudiante y La patota, a una anodina experiencia mainstream como La cordillera, film que tenía todo el potencial para ser un brillante thriller psicológico, pero que en el camino se traicionaba a sí mismo para navegar en las convencionales aguas del estofado político. Ortega en cambio, sabe que la clave del asunto consiste en adentrarse en el abismo del misterio, y hacer que ese viaje se vuelva una experiencia fascinante.

El Ángel / Argentina-España / 2018 / 115 minutos / Apta para mayores de 13 años / Dirección: Lorenzo Ferro, Chino Darín, Mercedes Morán, Daniel Fanego, Cecilia Roth, Luis Gnecco, Peter Lanzani.

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La Quietud: melodrama elegante y audaz http://cine.uncuyo.edu.ar/la-quietud-melodrama-elegante-y-audaz Wed, 19 Sep 2018 13:38:31 -0300 http://cine.uncuyo.edu.ar/la-quietud-melodrama-elegante-y-audaz 2018-09-19 13:38:31 http://cine.uncuyo.edu.ar/cache/la-quietud-portada_424_750_c.jpg Artículos articulos

La Quietud: melodrama elegante y audaz

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Laureano Manson Autor

Hay directores que definen un estilo propio que, tras dos o tres films iniciales, conquistan los elogios de la crítica y la aceptación del público masivo. Pablo Trapero, realizador de títulos tan emblemáticos y convocantes del cine argentino como Mundo grúa, El bonaerense, Leonera, Carancho, Elefante blanco y El Clan; es sin dudas uno de los importantes nombres de la pantalla grande nacional. Sus historias han estado siempre signadas por una impronta realista, con apuntes de crítica social y conflictos precisamente trazados. Dentro de su filmografía, La Quietud representa un volantazo absoluto, un renovado y sorprendente cambio de paradigmas.

La película comienza con un elegante plano secuencia que sigue a Mia (Martina Gusmán), ingresando en la estancia familiar llamada La Quietud. Dentro del gran caserón, se escucha una acalorada discusión entre sus padres, señal de comienzo del fuerte cimbronazo que vendrá. Mia acompaña a su papá que debe comparecer ante un fiscal, ni ella ni nosotros sabremos la causa de la citación hasta bien entrado el relato. En plena declaración, el hombre mayor sufre un ACV, lo cual impulsa la llegada desde Francia de la hermana de Mia, Eugenia (Bérénice Bejo), la hija predilecta de una madre tan punzante y sombría como Esmeralda (Graciela Borges).

Sin apelar al vértigo narrativo, pero con una atmósfera que combina un notable virtuosismo visual, con una narración que dosifica el pesado historial de una familia que esconde más de un secreto, Pablo Trapero juega claramente las cartas del melodrama, con todos sus condimentos: infidelidades, ocultamientos, un accidente y una variada gama de patologías mentales. A diferencia de sus films anteriores, el director orquesta una puesta que apela al marcado despliegue del artificio. Desde la musicalización omnipresente, que incluye temas completos de Vanessa Paradis, Mon Laferte y Aretha Franklin, hasta el extremado refinamiento con que su cámara va siguiendo cada instancia de la historia.

Los diálogos tienen marcadas oscilaciones, que podrían resultar un tanto desconcertantes para algunos espectadores. Hay de todo. Desde charlas íntimas desarrolladas con total naturalismo, hasta pasajes más afectados en donde el texto adquiere los más subrayados ribetes característicos del culebrón. En ningún caso, se trata de una indefinición de tono por parte del guión escrito por el propio Trapero, en colaboración con Alberto Rojas Apel. Si hay algo admirable en esta película, es la plena convicción y auto conciencia de cada uno de los caminos que elige.

Entre las bifurcaciones que plantea La Quietud, también está aquello que subyace en las sombras durante buena parte del relato. Afortunadamente, el film no incurre en el lugar común del flashback explicativo sobre el pasado de la familia protagonista. De manera tan atípica como magistral, la película funciona tanto en un primer tramo en el que reina una lograda atmósfera de incomodidad intercalada con desatadas escenas pasionales, como en la recta final cuando Trapero decide poner los trapitos al sol y esclarecer el origen del infierno.

En un melodrama promedio, un cierre que explicite todas las causas del mal, equivale a una fórmula tan desgastada como automatizada. En cambio aquí, ese desenlace funciona porque Pablo Trapero lo encara sin quedar a medias tintas, yendo de lleno a la catarsis más visceral. La escena de una crispada Esmeralda revelándole a Mia lo más terrible que una madre podría confesar a su hija, alcanza el nivel de contundencia necesario, porque está capitaneada por una enorme actriz como Graciela Borges, que se apodera de un largo plano sin cortes con un grado de potencia y precisión descomunal.

Esta historia, absolutamente dominada por sus tres mujeres protagónicas, asume una audacia poco habitual en el cine argentino, que generalmente ubica a los hombres en el centro de la escena. En esta oportunidad, reconocidos nombres como Edgar Ramírez y Joaquín Furriel, funcionan como meros satélites de las féminas que van al frente en cada una de las decisiones de la trama. A su vez, la película es doblemente osada si tenemos en cuenta que su director venía del arrasador éxito de taquilla de El Clan, que llevó a más de dos millones y medio de espectadores a las salas. La Quietud en cambio, tuvo un lanzamiento a gran escala en más de 200 cines del país, y una tibia recaudación durante su primer fin de semana, que luego se vio reforzada con su reprogramación en circuitos alternativos.

Pablo Trapero se inclina esta vez por una jugada arriesgada, que no cuenta con el gancho comercial que de antemano tenía su versión de los crímenes de la familia Puccio. En un film de considerable presupuesto como este flamante estreno, las compañías productoras, entre las que se encuentra Matanza Cine, fundada por el realizador y su pareja (Martina Gusmán), corren el riesgo de no salir bien paradas en términos de rentabilidad. Mientras tanto, como expresión de nobleza, el cine siempre gana cuando sus grandes creadores deciden salir de la zona de confort. 

La Quietud / Argentina / 2018 / 117 minutos / Apta para mayores de 16 años con reservas / Dirección: Pablo Trapero / Con: Martina Gusmán, Bérénice Bejo, Graciela Borges, Edgar Ramírez y Joaquín Furriel.

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La educación del Rey: Mendoza da cátedra con un policial preciso http://cine.uncuyo.edu.ar/la-educacion-del-rey-mendoza-da-catedra-con-un-policial-preciso Wed, 05 Sep 2018 19:17:55 -0300 http://cine.uncuyo.edu.ar/la-educacion-del-rey-mendoza-da-catedra-con-un-policial-preciso 2018-09-05 19:17:55 http://cine.uncuyo.edu.ar/cache/la-educacion-del-rey-portada_424_750_c.jpg Artículos articulos

La educación del Rey: Mendoza da cátedra con un policial preciso

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Laureano Manson Autor

La ópera prima del talentoso mendocino Santiago Esteves tiene su estreno tras un largo y aclamado recorrido. Concebida inicialmente como serie para laTelevisión Digital Abierta, y presentada en la pantalla chica local por El Siete a fines de 2016, La educación del Rey recibió también ese año el premio Cine en Construcción dentro del prestigioso Festival de San Sebastián, galardón que abrió las puertas para esta producción rodada en Mendoza llegue hoy a las salas del país, y próximamente tenga distribución en España, tanto en cines como en televisión.

Como sucede con cualquier creación que pasa de un código a otro. Desde una novela, obra de teatro, o episodio real que es adaptado para la pantalla grande, lo pertinente es despojarse del material de origen; en este caso la serie de TV. Obviamente, quienes hayan visto todos los capítulos de La educación del Rey sabrán de antemano de qué va la historia, pero lo cierto es que la película escrita por el propio Esteves junto a Juan Manuel Bordón, no sólo tiene valor como hecho artístico autónomo sino que también logra levantar por lo alto las más dignas cartas del lenguaje cinematográfico.

Sin mayores rodeos, el relato nos zambulle en las consecuencias de un robo fallido, cuando Reynaldo (promisorio debut protagónico de Matías Encinas) escapa de la policía corriendo por calles y techos, hasta caer en jardín de Vargas (enorme Germán de Silva), destruyendo el vivero que el hombre construyó laboriosamente para su mujer. La película arranca con un par de cabos de verosimilitud sueltos, que logra subsanar rápidamente con creces. Por un lado, se encomienda el hurto a un ratero debutante sólo porque es muy delgado, cuando sus dos secuaces, un poco más experimentados en el delito, también tienen la misma contextura física. Por otro, la reja de una ventana de la escribanía donde se encuentra el botín, está prácticamente sin amurar a la pared. De todas formas, se trata apenas de un par de detalles en una película que define su tono con absoluta precisión, sin abundar en vueltas de tuerca innecesarias.

Esteves concentra con maestría la historia narrada en su serie televisiva, prescindiendo de subtramas familiares y descriptivas, para dar justo en la tecla con la química entre los protagonistas. De Reynaldo sabemos un poco desde el principio, en cambio vamos conociendo los repliegues de Vargas, un recién jubilado que se desempeñó durante años como seguridad a su cargo de transporte de caudales. Entre ambos, labran un vínculo de compañerismo e interdependencia. El adolescente necesita un refugio, mientras que el ex vigilante encuentra en el incipiente delincuente una motivación para empezar a paliar su vida fuera de la agitada escena laboral. El director traza el vínculo entre los personajes con absoluta nobleza. Se trata de un relato de iniciación, pero la "educación del Rey" a la que alude el título, jamás decanta en el sermón aleccionador. A su vez, cuando el conflicto se desplaza del mencionado hurto hacia sus conexiones con la corrupción policial y judicial, el relato conserva su tono de sobriedad sin la necesidad de subrayar por demás los detalles de la trastienda del delito.

A los notables protagónicos de Germán de Silva, quien ya había dado sobradas muestras de talento en films como Relatos salvajes y Las Acacias, junto a la convincente labor del debutante Matías Encinas, se suman secundarios revelación como Mario Jara y Martín Arrojo; junto nombres de larga trayectoria en las tablas locales como Marcelo Lacerna, Elena Schnell y Manuel García Migani.  

Más allá de la concisa narración, el debut de Santiago Esteves logra balancear todos sus elementos formales con austeridad y clasicismo. El cine de Clint Eastwood aparece como uno de los puntales de referencia, en una película que saca provecho de diferentes locaciones mendocinas sin distraer al espectador del foco del relato, apelando a una puesta rigurosa, ensamblada con una ajustada musicalización de Mario Galván que jamás resulta intrusiva. La principal virtud del primer largometraje de este cineasta mendocino, consiste en la puesta en marcha de la premisa "menos es más", saludable precepto que suelen esquivar tanto algunos directores debutantes como consagrados, que frecuentemente quedan a mitad de camino entre las pretensiones que esbozan en su recorrido y el malogrado resultado final. Esteves lanza su primera carta con buen pulso narrativo y linaje cinematográfico, dos razones más que válidas para que el público local acompañe este estreno.

La educación del Rey / Argentina-España / 2017 / 92 minutos / Apta para mayores de 16 años / Dirección: Santiago Esteves / Con: Gemán de Silva, Matías Encinas, Jorge Prado, Mario Jara, Martín Arrojo, Elena Schnell, Walte Jakob, Marcelo Lacerna, Manuel García Migani, Marcelo Díaz y Esteban Lamothe.  

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El amor menos pensado: atados a la nostalgia http://cine.uncuyo.edu.ar/el-amor-menos-pensado-atados-a-la-nostalgia Wed, 05 Sep 2018 19:15:42 -0300 http://cine.uncuyo.edu.ar/el-amor-menos-pensado-atados-a-la-nostalgia 2018-09-05 19:15:42 http://cine.uncuyo.edu.ar/cache/el-amor-menos-pensado_424_750_c.jpg Artículos articulos

El amor menos pensado: atados a la nostalgia

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Laureano Manson Autor

Con El amor menos pensado, el cine argentino inicia lo que promete ser una seguidilla de éxitos durante el mes de agosto. La película que lidera por lo alto la taquilla en nuestro país, marca el debut en la dirección de un alto ejecutivo de la compañía Patagonik, Juan Vera, quien antes estuvo involucrado en la producción de títulos tan variados como La reina del miedo, Zama, Me casé con un boludo, Corazón de león y Elefante blanco. Vera también ya había probado su eficacia como guionista de comedias exitosas como Mamá se fue de viaje, Dos más dos e Igualita a mí. Finalmente, con El amor menos pensado sale airoso en su triple rol de guionista, productor y director.

Esta auspiciosa ópera prima, que ha convocado en su primer fin de semana a más de 200.000 personas a las salas nacionales, además de contar con un extremo cuidado en todos sus rubros técnicos y artísticos, respira una bienvenida sensibilidad que no es común en el cine de gerentes devenidos en realizadores. Un tipo de film que se ubica en la vereda contraria a la de ejecutivos como Marcos Carnevale, quien dirigió despropósitos comoInseparables y El fútbol o yo, con una planilla de cálculo de cantidad de espectadores en mano, y abusando tanto de la receta de probada eficacia, que terminó lanzando embutidos fáciles de deglutir; pero con escaso sabor a cine genuino.

A pesar de estar construida desde una mirada puesta firmemente en la taquilla, El amor menos pensado se reserva algunas sutilezas y una extensión atípica de 135 minutos, cuando este tipo de películas suelen apostar por la cuasi infalible hora y media de duración. El punto de partida es tan simple como eficaz, una pareja que lleva 25 años de unión enfrenta la partida a España de su hijo. En poco tiempo, el conocido síndrome del "nido vacío" comenzará a erosionar el vínculo entre Ana y Marcos (superlativa Mercedes Morán y correcto Ricardo Darín), hasta llegar al planteo de qué será de ellos; y enfrentar esa suerte de abismo/paraíso que supone la ruptura para un matrimonio de mediana edad.

La película, durante casi todo su metraje, juega sus cartas con nobleza y precisión. Desde el título y el afiche, queda en claro que se trata de una comedia romántica que incluye la fórmula de separación y rematrimonio. Claramente, el arco narrativo no va por el lado de la incertidumbre con respecto al reencuentro, sino el de cómo llegar hasta ese punto. Durante la primera hora y media, Juan Vera construye un relato de un tono tan despojado como intimista. La pareja protagónica es capaz de sostener inteligentes y sentidos diálogos mirándose a los ojos, sin la necesidad de que desde la banda sonora suenen "pianitos" para reforzar el clima emotivo.

El guión acierta al trazar ese debate entre la libertad absoluta y el extrañamiento frente a la falta de una estructura de contención como la convivencia. De repente, Marcos y Ana son cincuentones que vuelven al ruedo, ya sea con citas en una disco o navegando en aplicaciones como Tinder. Las primeras aventuras serán inevitablemente desopilantes. Él con una huracanada mujer (brillante Andrea Politti), que plantea una situación demasiado adrenalínica para un atildado profesor de Literatura. Ella con un excéntrico catador de aromas (Juan Minujín), adepto a prácticas un tanto lejanas a las de una exitosa especialista en estudios de mercado.

Será cuestión de tiempo para que cada uno ellos encuentre un par más afín a su mundo. Allí entran en escena los personajes interpretados por Jean Pierre Noher y la magistral Andrea Pietra. En el medio, hay unos cuantos secundarios más, algunos aportan la necesaria cuota cómica, mientras otros refuerzan la noble idea de vitalidad en la segunda y tercera edad. La madre de Ana (Claudia Lapacó), vibra a los 80 años con una nueva historia de amor. El padre de Marcos (Norman Briski), revela a su hijo un momento clave de viudez, con una escena que no logra despegar al legendario actor y maestro de su impronta teatral.

Los planteos que la película traza sobre una muy variada gama de temas, comienzan a diluirse sobre la última recta del relato. El hijo de la ex pareja vuelve a ser la excusa para que se produzca un nuevo movimiento, y aquí El amor menos pensado deja en evidencia la falta de ese espacio a solas que pudieron tener los protagonistas para conocerse más a sí mismos, y por extensión como espectadores tampoco podemos procesar orgánicamente sus decisiones. El guión es cuidadoso a la hora de no tratar como recipientes vacíos a personajes clave como lo que interpretan Noher y Pietra, pero también es astuto y calculado al no mostrarlos desde una potencia pasional. La aparición de "pianitos" en los minutos finales, empasta la chance de una segunda oportunidad con la de una nostalgia que Ana y Marcos tal vez nunca pudieron soltar.

El amor menos pensado / Argentina / 2018 / 135 minutos / Apta para mayores de 13 años / Dirección: Juan Vera / Con: Ricardo Darín, Mercedes Morán, Claudia Fontán, Luis Rubio, Andrea Pietra, Jean Pierre Noher, Claudia Lapacó, Norman Briski, Andrea Politti, Juan Minujín.

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Mi obra maestra: mil películas en ninguna http://cine.uncuyo.edu.ar/mi-obra-maestra-mil-peliculas-en-ninguna Wed, 05 Sep 2018 18:20:55 -0300 http://cine.uncuyo.edu.ar/mi-obra-maestra-mil-peliculas-en-ninguna 2018-09-05 18:20:55 http://cine.uncuyo.edu.ar/cache/mi-obra-maestra_424_750_c.jpg Artículos articulos

Mi obra maestra: mil películas en ninguna

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Laureano Manson Autor

En su primer paseo en solitario como realizador, Gastón Duprat está a centímetros de morder la banquina con su primera película de alto costo. Su habitual co director, Mariano Cohn, esta vez ocupa el sillón de productor, y su hermano, Andrés Duprat; vuelve a hacerse cargo del guión. El trío fue responsable de films como El artista, El hombre de al lado y el éxito de taquilla El ciudadano ilustre. Justamente, a partir del suceso del último título, que con un presupuesto moderado arrasó en boleterías y conquistó múltiples premios en festivales internacionales, el combo vuelve a la carga con una apuesta que en varios momentos queda a mitad de camino.

La exploración de los oscuros laberintos del fraude en el mundo del arte ya había sido abordada con mayor inspiración por este equipo en la mencionada El artista. Andrés Duprat, arquitecto que oficia como director del Museo Nacional de Bellas Artes, evidentemente conoce esos rincones al dedillo. Pero esa experiencia no se traduce en el vuelo rasante del guión de Mi obra maestra, un relato que gira alrededor del vínculo entre dos queribles patanes: Renzo Nervi, un pintor que tuvo su momento de esplendor en los años '80 (magnífico Luis Brandoni) y su eterno galerista Arturo Silva (afilado Guillermo Francella). Las pinturas de Nervi, creadas realmente por Carlos Gorriarena, un argentino que también vivió su era de aclamación hace tres décadas, ya no venden; pero creador y marchand mantienen un largo vínculo que se debate entre la amistad y la interdependencia.

Mi obra maestra tiene tres grandes problemas. El primero, increíblemente no está en la película sino en su trailer, que anticipa/quema todos los ganchos humorísticos, y también revela una vuelta de tuerca que se supone es una de las claves de la resolución del relato. Por lo tanto, si quieren algún tipo de factor sorpresa, esquiven el video que está al final de esta nota.

Pero los inconvenientes no terminan en el avance promocional. Los Duprat conciben una película desde las premisas del trazo grueso, aunque al contrario de lo que muchos críticos y espectadores piensan, la falta de sutileza no siempre es sinónimo de mala película. Directores como Álex de la Iglesia por ejemplo, han sabido dar cátedra de humor mordaz, levantando por lo alto las cartas de la farsa y el grotesco. En cambio, los hermanos argentinos, no terminan de asumir el carácter ramplón de la historia que cuentan y pretenden adornar todo con un forzado moño de sofisticación.

A los escollos del trailer y del trazo grueso, se suma el pozo más difícil de sortear: el de los personajes construidos como maquetas sin espesor. Desde el principio sabemos que Renzo y Arturo son dos tipos jodidos, pero las casi dos horas que transita el film no alcanzan para explorar otros matices. Ni de los protagonistas, ni de secundarios como el del español Raúl Arévalo. No se trata de que los personajes desplieguen acciones contrarias a su esencia, pero al menos dotarlos de una profundidad que no se agote en lo que dicen (de manera súper literal), o hacen (de modo ultra explícito).

A mitad de camino entre las vueltas de tuerca del relato y los inorgánicos cambios de tono que propone, Mi obra maestra es una suerte de collage de mil películas en ninguna. Funciona cuando se dispone a jugar con soltura alrededor de gags simples y eficaces, pero cuando amaga a ponerse oscura, bordeando temas como la decrepitud en la vejez y la eutanasia; se vuelve innecesariamente solemne. Luego de un volantazo, el film intenta recuperar su tono juguetón, y en el medio, salpica algunas escenas de cierta impronta experimental con planos detalle de las pinturas y una subrayada música electrónica. En todos los rumbos que intenta transitar esta historia, su problema mayor es el de sugerir que está dejando algo entre líneas cuando en realidad a su lienzo se le ve hasta el último hilo.

Más allá de un relato trazado desde premisas fallidas, cuando hay dos actores de nobleza cargándose al hombro escenas que se reparten entre la obviedad y la simpática ocurrencia, se genera un acto mágico que transforma un guión que pretende ser astuto, en una experiencia disfrutable a puro motor de química entre Luis Brandoni y Guillermo Francella, dos potencias que ponen todo su arsenal y preciso timing como infalibles comediantes. A ellos se suma una superlativa Andrea Frigerio en un personaje secundario, una actriz cada vez más sólida que a esta altura tiene las cartas de merecimiento para un rol protagónico. Si no fuera por la alquimia de sus protagonistas, Mi obra maestra sería uno de esos cuadros que cuelgan sin pena ni gloria en algún olvidado rincón de la casa.

Mi obra maestra / Argentina-España / 2018 / 100 minutos / Apta para mayores de 13 años / Dirección: Gastón Duprat / Con: Guillermo Francella, Luis Brandoni, Raúl Arévalo, Andrea Frigerio, María Soldi. 

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