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Edén: la fiesta y la melancolía

25 de noviembre de 2015, 23:01. Por: Alejandro Lingenti. Fuente: La Nación.

Edén: la fiesta y la melancolía

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Hace unos años, Sven Hansen-Love se había alejado de la música, la actividad que había ocupado buena parte de su juventud. Después de trabajar años como DJ, de fundar un sello que terminó quebrado y de llenarse de deudas, cambió de rumbo y se dedicó a otra de sus pasiones: la literatura. Pero su historia, una prototípica de ascenso y caída vertiginosos, era sin lugar a dudas digna de ser contada. Y quien se puso manos a la obra fue su hermana, Mia Hansen-Love, directora de tres buenos largometrajes previos a Edén: Todo está perdonado, El padre de mis hijos y Un amour de jeunesse. En Edén el foco está puesto en Paul, álter ego cinematográfico de Sven, un joven parisino que vivió desde adentro lo que en la industria musical se conoció, allá por los 90, como "French Touch", una movida de la que Daft Punk -el famoso dúo tiene una breve y divertida aparición en la película- fue el emergente más notable.

La película captura muy bien el clima a la vez festivo y melancólico de ese ambiente cargado de hedonismo, colores flúo, desprejuicio y vacuidad que Sven vivió apoyado en su genuino entusiasmo por el estímulo artístico, provocado por la explosión del house garage, una variante de la electrónica de baile muy influenciada por el sonido disco de Chicago, y dosis generosas de alcohol y cocaína.

El espíritu de la época reunía la despreocupación, el puro presente, la ausencia de preguntas y la velocidad de desplazamiento: de París a Nueva York sin escalas para aprovechar una oportunidad que parecía inmejorable.

Sven fue en esos años un exponente indiscutible de la única política que erotizó a buena parte de su generación: el consumo. Su hermana armó la historia con evidente conocimiento de causa, superó más de un escollo para que el proyecto sobreviviera (tenía una versión inicial de cuatro horas que fue recortada a la mitad por falta de presupuesto) y se las arregló finalmente con menos de lo que pensaba (cuatro millones de euros, que no es una fortuna para el estándar europeo) para situar la acción en los escenarios originales (la Coupole, el Cirque d'Hiver, las oficinas de Radio FG) y sintetizar en la figura del protagonista el derrotero de una cultura (la del DJ) que parecía destinada a relevar el egocentrismo bobo del rock star, pero terminó generando su propio star system, encarnado en figuras tan empalagosas como David Guetta, un francés al que le fue bastante mejor, en términos económicos al menos, que al atribulado Sven.

Fuente: La Nación